Mamá: Madrigal, El pobrecito Juan

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Estella, 1920 - 212 pages
 

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Page 6 - España ni en los países con los cuales se hayan celebrado, ó se celebren en adelante, tratados internacionales de propiedad literaria. El autor se reserva el derecho de traducción. Los comisionados y representantes de la Sociedad de Autores Españoles...
Page 21 - Recité para mis adentros, ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, y un brazo rodeó mi pescuezo y me arrastró con rapidez hacia la playa.
Page 123 - ... diciéndole que la vida se ha puesto entre nosotros, pidiéndole perdón, despidiéndome para siempre. — ¿Así habías pensado abandonarnos? — ¿Tengo derecho a estar en esta casa? — Derecho y deber; abuela ha puesto en tu cariño más de la mitad de' su alma; mientras ella viva, aquí está tu puesto; cuando ella falte, la casa es tan tuya como mía; aquí está nuestro hogar, más hogar que el de nadie, porque hemos entrado huérfanos en él. ¿Quieres hacerme la ofensa de pensar que...
Page 113 - ... Manuela, enciende la luz. Cenaremos aquí, junto a la lumbre, ¿verdad? Si vieras: desde que te has ido nos hemos hecho más perezosas; nunca queremos ir al comedor; aquí comemos y aquí cenamos, al sol en invierno y al fresco en verano; aquí trabajamos y aquí vivimos. Ya ves qué pedacito más pequeño nos basta en el mundo tan grande; casi nos pareces un bicho raro tú que has vivido en tantas tierras: París, Berlín, Italia, Grecia... ¿Es cierto que existen todas esas cosas, o es que...
Page 141 - ... cogía a usted del brazo y se iba por el mundo, dejándome sumida en la desolación; lamento que no haya sido así y que la musa trágica haya perdido esta bella ocasión de inspirarnos con sus más nobles gestos; pero ésas son cosas que no pueden pasar en este mundo mío; ¿quién comprende el drama en este jardín, con esta paz, con esta luz, con lo bien que huele y lo muy dulcemente que cantan los pájaros? No hay posibilidad de oda heroica; todo aquí es madrigal; así es que, pidiéndole...
Page 111 - ... explicación; pero entonces los ojos de la novia, clavados en los suyos, se enserian de pronto y le ordenan silencio; él, aun más perplejo, se decide a callar. — ¿Qué estáis hablando ahí de penas y de olvidos? — interroga la abuela — . ¿Por qué le riñes, Ana María? — Si no le riño: él es quien se empeña en disculparse de pecados que no ha cometido; dice que nos tenía olvidadas... y nos pide perdón. La abuela se ríe. ¡Olvidadas! Precisamente está poco orgullosa al pensar...
Page 158 - ... la elocuencia del mundo te sirve de muy poco para disfrazar la verdad, porque, a Dios gracias, no sabes mentir. — ¿Mentir? — O decir lo contrario de lo que sientes; ¿te vas? Estás en tu derecho. ¿Te han venido a buscar y te agrada la compañía? Mejor para ti; pero no me vengas con historias de dignidad y de tranquilidad. Mi dignidad, como comprendes perfectamente, está muy por encima de todas las visitas, más o menos dignas, que a ti se te antoje recibir; mi tranquilidad, cree que...
Page 157 - ... andaba lejos de admirar las relevantes dotes diplomáticas que se le habían despertado de pronto; sobre todo aquel golpe final de motivar la fuga en el respeto, en el cariño mismo que la tenía; pero las mujeres son el mismo diablo. ¡Váyales usted con sutilezas de diplomacia! — Digo — respondió Ana María — que estás muy elocuente; pero que toda la elocuencia del mundo te sirve de muy poco para disfrazar la verdad, porque, a Dios gracias, no sabes mentir. — ¿Mentir? —O decir...
Page 112 - ... intercede la abuela. No está cansado, no; pero tiene un hambre como cuando volvía de correr por el monte hace diez años. — También la tengo yo — afirma Ana María — ; afortunadamente, ha llegado la hora de cenar. Manuela, Manuela, enciende la luz. Cenaremos aquí, junto a la lumbre, ¿verdad? Si vieras; desde que te has ido nos hemos hecho más perezosas; nunca queremos ir al comedor; aquí comemos y aquí cenamos, al sol en invierno y al fresco en verano; aquí trabajamos y aquí vivimos....
Page 147 - ... Te lo diré trescientas; porque es la verdad, la única verdad: entre tú y yo no hay nada; quisiste romper, y rompimos . . . , y yo le doy gracias a Dios a todas horas de que se te ocurriese tal idea. He dicho. Buenos días. Ahora mismo te vas; creo que pasa un tren a media tarde; te acompañaré a la estación; el mundo es grande, y espero que podremos pasar la vida sin volver a encontrarnos. — ¡Qué reloj tan curioso! — dijo ella, como si no le hubiese oído — , ¡tan viejecito! ¿Es...

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