Tierra de matreros

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J. Sese, 1910 - Argentina - 190 pages
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Page 40 - ... sobre el fuego, levantaba pequeñas llamas azuladas que iban, fugaces, a alumbrar débilmente las paredes ennegrecidas por el hollín, quebrándose, ya en el cabo de una tijera de esquilar clavada en el quincho, ya en la argolla de un lazo que pendía de un tiento en unión de las boleadoras y del rebenque de cabo trenzado y con virolas de plata, que se conservaban como un tesoro. A cada titilación del fuego, el perro favorito que — previas unas diez vueltas circulares con la cabeza...
Page 46 - Y aura qué va a hacer, amigo ? . . . ¡y perdone ! — ¡A matreriar, señor... hasta que me compongan! El asado estaba a punto, y la dueña de casa, inclinándose sobre el fuego, desclavó el asador y lo dió a su marido, que vino a clavarlo cerca de la puerta, mientras ella alcanzaba el viejo porrón que contenía la salmuera y el plato de lata con unas cuantas galletas. Rodeamos el asador, y el viejo, viendo que el matrero no hacía ademán de cortar, se fijó en él y habló algo con su mujer,...
Page 102 - ... carnaval, si me hubiese visto, no creería que soy el mismo de ahora ! Con algunos muchachos amigos hicimos una remolienda que duró tres días y pasamos unos momentos de esos que no se empardan, como dicen los jugadores de truco ¡ Vaya ! ¡ Teníamos luz eléctrica, adoquinado de madera, espléndidos caballos, mujeres decidoras y hermosas, champagne helado y el alma dispuesta al jolgorio, como el bolsillo ! ... ¡ Dos kilos de pluma y mil quinientos cueros se me fueron en la jarana!
Page 138 - ... se agitaban con suavidad, como inmensos abanicos verdes, movidos por manos invisibles; contribuían a completar la ilusión, las bocanadas de aire fresco que venían a pasar sobre mi rostro, congestionado por el sol, e iban a morir mansamente al arroyo, que corría, dulce y silencioso, casi besando las raíces del tala frondoso que nos cobijaba. Veía los troncos añosos que se erguían retorcidos y como agobiados bajo el peso de las- ramas que los coronaban; los cortinados movibles que tendían...
Page 38 - ... como dice con amarga verdad uno de sus cantares melancólicos. Allí estaba ante mí, de pie, y en su fisonomía enérgica y varonil le encontraba rasgos de aquellos nobles hidalgos que dieron a la palabra "caballero" la armonía y el prestigio que el mercantilismo moderno no ha podido empequeñecer. Era una noche de luna, quieta, apacible y templada, en que hasta la brisa pasaba en silencio como si temiera turbar aquella calma imponente del campo desierto. La luz tenue y azulada parecía cernerse...
Page x - ... región, donde los viejos ceibos se coronan de flores sangrientas al borde de riachos tan anchos como ríos, que culebrean entre marcos de sarandises y juncales espesos arrastrando en su corriente los verdosos embalsados del camalotal. Es la tierra de los matreros, de la gente maleante y sin ley en que no impera otra autoridad que la sustentada por la fuerza bruta, la destreza, la astucia, la garra pujante y la entraña bravía. Un país donde hubiera podido encontrar asuntos para sus admirables...
Page 45 - Estábamos en un baile y pelié con un sargento. ¡Pobre... quedó junto a unas vizcacheras! — ¿Lo dejó boca arriba? — dijo el viejo lentamente, como temeroso de haber dicho una imprudencia. ¡No, señor; lo di güelta!... y el gaucho bajó la vista como por modestia. — ¡Más vale así!... — y encarándose conmigo, para darme una lección... — el que deja un dijunto boca arriba es al ñudo que matreree: ¡tiene que cáir! ¿Y aura que va a hacer, amigo?...
Page 148 - ¡La Chingola es una dama curiosa, che, que aquí se las tiene tiesas con los gauchos más gauchos y con los comerciantes de más letra menuda! Le dicen la Chingola porque tiene una pierna más corta que la otra y camina dando saltitos, pero es una ficha de cuenta. Aquí ella es de todo: tiene reuniones de juego y de baile, compra frutos, vende carne, cría animales... en fin, es como la alpargata que en el pie que la ponen baila. Con el Chimango son rivales en los negocios y el viejo siempre la...
Page xi - Los tipos exóticos por sus costumbres y la indumentaria que gastan, las escenas de aquellas vida libérrima, más curiosa aún, y los paisajes variados de las islas y riachos de la región van desfilando ante la mirada del lector en graciosas y vívidas evocaciones, á tal punto que cuando á vuelta de una página se esfuma la figura que titiló un instante para ver aparecer otra más allá, queda grabada en la memoria la imágen por mucho tiempo. Aquellos son tipos campesinos, criollos auténticos...

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