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DEL

PRÍNCIPE DE LA PAZ.

PARTE SEGUNDA.

CAPITULO PRIMERO.

Breve reseña de los trabajos de la Europa en los dias de

la dominacion de Bonaparte. -- Recuerdos de aquel tiempo acerca de la España.

Muchos fueron los que al rayar el nuevo siglo, se imaginaron ver la aurora de una larga série de dias claros y felices para el mundo de la Europa; muchos los que pensaron que el cielo suspendia ó revocaba sus decretos de plagas y trabajos para el género humano. Dios envia al mundo de tiempo en tiempo á ciertos hombres extraordinarios, unos para remedio, y otros para castigo de la tierra. ¿Cuál de estas dos misiones le fué dada al domnador y al heredero de la república francesa ? Los que creian

de buena fé en el progreso indefinido de la virtud humana , saludaron su aparicion como un presente de lo alto, como el alumbramiento ya llegado de tres siglos de labor y de faena de las luces. El prestigio fué tal, que de uno y otro campo de hombres nuevos y hombres viejos, de amigos y enemigos de la vuelta que daban nuestros tiempos, la expectacion: fué igual entre un gran número de pensadores y políticos. Esta ilusion tenia colores poderosos. ¿Quién como el nuevo gefe de la Francia tuvo mas en su mano dar al mundo la iniciativa y el estímulo del ejemplo para todo lo bueno, para todo lo provechoso, para todo lo grande y elevado en la prosecucion tranquila de los bienes que faltaban a los gobiernos y á los pueblos? ¿quién dar á las ideas y á los principios extremados que proclamó la Francia su verdadera inteligencia? ¿quién poner de acuerdo con mayor poder y con influencia mas segura lo pasado y lo presente, quitando de ambas partes las pretensiones imposibles? ¿quién templar y corregir las pasiones turbulentas, purificar los sentimientos patrióticos, apartar las escorias y hacer salir el oro puro? ¿quién dar al mundo el espectáculo de un imperio asentado sobre la voluntad reunida y bien ganada de los pueblos, fuerte en principios sanos de administracion

у de gobierno, fuerte en armas, fuerte sobre todo

por la adopcion de las ideas eternas de reli. gion, de moral, de justicia y de una cuerda libertad de que la Europa entera se encontraba sedienta?

¿quién en los fastos de la historia, dentro de la esfera humana, luvo mas medios y recursos para cambiar la tierra sin violencias ni trastornos, y realizar los siglos fabulosos de Saturno y de Astrea ? ¿quién dió en fin á la Europa mejores esperanzas en alguna edad pasada ? Reprimida como por encanto, á una voz suya la anarquía de las pasiones, restablecido el orden público, escombradas las ruinas del vandalismo demagógico, aplacadas las iras y los bandos que dividian la Francia , abiertos los caminos

y las puertas de la patria á los proscritos, vueltos á las conciencias los consuelos religiosos, enjugadas todas las lágrimas, hecha ya cesar la liga de los pueblos contra la república francesa, adquiridos por la Francia los lindes naturales en que debia encerrarse con anchura para labrar su dicha, resignados por todas partes los demas imperios á verla grande y floreciente, oida en fin la voz de paz de la Inglaterra misma , y cerrado ya en la Europa el templo del dios Jano, permitido fué pensar que la tempestad daba fin y que una larga primavera iba á salir de entre los suspiros postrimeros del tenebroso invierno de diez años. La paz de Amiens ensanchó esta esperanza: el primer hombre ó el primer gobierno que intentase romperla , ó diese mano ó causa para verla rota, merecia el anatema de los siglos. Tanto como pareció ser deseada aquella paz por el gefe de la república francesa, tanto mas se aguardó de su política que cuidaria de conservarla aun á costa de

sacrificios, si es que no habria bastado de su parte una conducta sábia y moderada.

No porque escriba tarde, despues que todo pasó ya como una ráfaga de viento, será inoportuno el decir ahora que no participé de la grata „esperanza que en España, en Francia y en muchas partes de la Europa inspiró Bonaparte: muchos viven de aquellos que me oyeron por entonces. En las

guerras civiles es cosa bien leida y bien sabida, que el que coge el fruto de ellas, por maravilla acierta á moderarse : el poder que ha juntado, poder de un pueblo hirviendo

que rebosa , es muy ocasionado y muy temible cuando se encuentra todo entero entre las manos de un soldado. Bastaba ver sus años anteriores, su espíritu guerrero, sus talentos militares, su pasion y delirio por las empresas gigantescas, su altivez, su carácter, la inconstancia de sus ideas, la veleidad de sus proyectos, su manejo ambidextro, su indiferencia de los medios para llegar á cabo de sus triunfos, sus proclamas y sus promesas en Italia , su conducta con Venecia y con Malta, su vuelta del Egipto. La paz que en Luneville llegó á hacerse con la Francia, unida ésta cual se hallaba, como los huesos de una piña, al guerrero feliz que la hizo suya, no fué una paz como la España y Prusia concibieron y la hicieron (ellas solas por desgra

. cia ) cuando la Francia contrastada y dividida entre mil gefes y opiniones, la rogaba ella misma: la que hubieron despues los pueblos humillados ante el

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