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nute, (y señalaba otra pieza contigua ála sala ;) no hay luz en tu alcoba y podrías dar un tropezón.

Diciendo esto, hizo salir á Dña. Luisa empujándola ligeramente ; la llevó hacia la puerta, y al llegar, dijo con voz sorda y alterada por el furor:

— ¡ Maldita seas tú y maldito el que me ha metido en tal enredo!

La joven señora dirigió á su marido una mirada de indignación y entró en el gabinete.

El Alguacil Mayor volvió á donde estaba Don Juan, que contemplaba atónito aquella escena, y tomando asiento á cierta distancia del Visitador, por respeto, dijo:

— Estoy á las órdenes de Vuesa Señoría.

— Señor Alguacil Mayor, dijo Don Juan, con aire severo; ¿sabéis que el capitán Peraza no está en Jocotenango?

— ¡ Que no está en Jocotenango! Pues... es muy extraño... se me aseguró que estaba tan malo... que yo... pues... si... no... tal vez... ¿quién sabe?...

— Acabo de recibir aviso de que se le ha visto recorrer á eso de las ocho varias calles de la ciudad; que ha hablado con muchos de los descontentos, que han vuelto á reunirse en grupos amenazadores, como esta mañana.

— Es raro... ese capitán... ese capitán... puede dar aún mucho que hacer, dijo el Alguacil Mayor, en voz muy baja y volviendo á ver todo azorado hacia la alcoba.

— Es necesario prenderle pronto.

— Sí, sí, prenderle y hacerle salir luego luego del reino.

— Vos mismo vais á salir á buscarle, hasta dar con él, aun cuando tengáis que rondar toda la noche.

— Señor... yo... desde luego... lo que disponga Vuesa Señoría pero, ir ahora... y no volver en toda la noche. ¡ El capitán!... ¡ el capitán !... ¿ dónde voy yo á dar con él?...

— Buscadlo ¡ vive Dios! aunque sea en las entrañas de la tierra, exclamó DonJuan, cuya paciencia se iba ya agotando. ¡ Ea! salid; vamos inmediatamente y no volváis á presentaros en mi presencia, si no me lleváis la noticia de que está cumplida la orden.

Al decir esto, el Visitador se puso en pie, y Don Jerónimo hizo otro tanto maquinalmente.

— Seguidme, dijo Don Juan, cuyo aire verdaderamente eroz, hizo que se le erizaran los cabellos al Alguacil Mayor. Sin decir ya una sola palabra, tomó la capa y el sombrero, se ciñó la espada y empuñó la vara. El Visitador avanzó hacia la puerta de la sala y Don Jerónimo marchó tras él, mohíno y cabizbajo. Al salir, el desventurado volvió la cabeza y dirigió una tristísima mirada á la alcoba donde estaba encerrado el capitán y otra igualmente dolorosa al gabinete en donde estaba su mujer. Lanzó un gemido sordo y fué siguiendo los pasos de Don Juan.

No bien hubo sonado el ruido de la puerta de la calle que se cerró luego que hubieron salido los dos personajes, Dña. Luisa abrió con mucho tiento la puerta del gabinete, desde el cual había escuchado, sin perder una sola sílaba, la conversación de su marido y del Visitador; corrió hacia la alcoba, empujó la puerta, y entró diciendo:

— Salid.

Pero no recibió contestación alguna. Entonces lomó la vela y pasó con ella á la alcoba; buscó por todas partes y no encontró á nadie; el capitán había desaparecido.

CAPÍTULO XXI

Quid pro quo.

Tenemos que explicar cómo y por qué había desaparecido el capitán. Desde luego debe considerarse que Don Fernando, suponiendo que el Visitador y Don Jerónimo tratarían asuntos que á él habían de interesarle, procuró escuchar la plática; y fué así efectivamente. Con sólo aplicar el oído á la puerta, pudo ponerse al corriente del objeto de la visita del Juez de residencia y enterarse de que se proyectaba nada menos que reducirle á prisión.

Entonces concibió Don Fernando un proyecto de esos que sólo á hombres de un temple como el suyo podían ocurrir; y fué, sencillamente, hacer con el Visitador, lo que el Visitador quería hacer con él. Oyó que el Alguacil Mayor quedaba encargado de buscarle, y calculó que el digno jefe de la policía no había de ir solo á desempeñar semejante comisión, sino que ocurriría al cabildo enbuscade unos cuantos ministriles. Supuso también que Don Juan se volvería á su casa á esperar el resultado de la operación. Era natural, pues, que se separasen en la esquina donde la calle de Santa Catarina toca con la que va hacia la plazuela de Santo Domingo; siguiendo el Alguacil hacia la plaza mayor y Don Juan hacia su casa. El Visitador iba, pues, á atravesar solo aquella larga calle, y cayendo sobre él media docena de hombres fuertes y robustos, era lo más fácil del mundo prenderle y asegurarle, sin que hiciese resistencia, sin necesidad de hacerle daño y sin darle tiempo ni aun para pedir auxilio. El capitán calculó en seguida con quiénes podría contar para aquel golpe de mano atrevido; y aunque seis de los más calaveras de sus amigos estaban presos, no faltaban otros que de seguro se pondrían á sus órdenes para llevar á cabo el plan.

No había tiempo que perder, una vez tomada la resolución. Don Fernando comenzó á buscar alguna salida, tocando las paredes dela alcoba, pues la pieza estaba á obscuras; y no tardó en dar con una puerta. La empujó y cedió al impulso; pasó á un cuarto de labor de Dña. Luisa, que iluminaba débilmente un velón que ardía delante de una imagen de la Virgen. El capitán vió una ventana sin rejas y acercándose á mirar á través de los cristales, advirtió que daba al corredor. Abrióla, salió y pronto ganó las escaleras. Llegó al zaguán, levantó el pestillo del portón y se encontró en la calle. Se dirigió inmediatamente á una casa poco distante, donde vivía un joven amigo suyo, Don García de Loaiza, á quien por su carácter atrevido y por lo enemiga que tenía su familia al Visitador, consideró Don Fernando como uno de los más á propósito para tomar parte en la empresa que llevaba entre manos. La casualidad favoreció al capitán, pues al acercarse á la casa de su amigo, éste salía. Reconociéronse y Don Fernando dió cuentaen breves palabras del proyecto y de la manera en que se proponía ejecutarlo.

— ¡Excelente idea! amigo Don Fernando, exclamó el otro calavera, y mejor oportunidad para dar un buen golpe no puede presentársenos.

— Bien, contestó el capitán; no nos falta, pues, García, sino encontrar pronto, muy pronto, cuatro ó cinco amigos tan resueltos como tú, para que nos ayuden.

— Ésos los tienes ahí en mi casa. Acabo de dejar en conversación con mi madre y mis hermanas á Luis Alonso de Mazariegos, á Francisco Aguilar de la Cueva, á Juan Sarmiento Valderrama, á Diego de Escobar y á Fernando Álvarez de Revolorio. Sabes que éstos son capaces de agarrar al mismo diablo y meterle en un saco; voy, pues, á llamarlos y verás cómo queda todo arreglado en un santiamén.

Dicho esto, Loaiza volvió á entrar en su casa, y á poco salió con los cinco jóvenes, á quienes había ya informado brevemente de lo que se proyectaba. El golpe era aventurado y peligroso, y por lo mismo cautivó las imaginaciones de aquellos mozos El Visitador. 18

atrevidos. Exasperados con la prisión de los que habían acompañado á Don Fernando en la cencerrada, amigos y parientes de algunos de ellos, acogieron con decisión y alegría el pensamiento del capitán Peraza, sin reparar en las consecuencias que podía ocasionar. Uno de tantos, el menos loco de todos, hizo una observación.

— Cuando esté asegurado ese hombre, dijo, ¿qué haremos de él?

— ¡ Toma ! contestó Peraza; le mandaremos al golfo con una escolta y le embarcaremos. Yo me encargo de arreglar esto con mi padre. Una vez dado el golpe, no tendrá más que apoyarme.

— ¡ Excelente idea l exclamaron los otros. Vamos á ejecutarlo todo como lo has dispuesto.

— Necesitamos, dijo Don Fernando, una cuerda y una silla de manos.

— La hay en casa, contestó Loaiza.

— Un capirote negro, añadió el capitan.

— Voy á traerlo inmediatamente, dijo Valderrama. Mi padre es mayordomo del santo entierro y están en casa todos los que sirven en la procesión.

— Pues manos á la obra, caballeros, dijo Don Fernando con alegría.

Loaiza volvió á entrar en su casa, y á poco salió con la cuerda y la silla de manos, que conducían dos criados. Valderrama fué á buscar el capirote y pronto volvió con él.

— Dos de vosotros, dijo Peraza, os quedaréis aquí ocultos, en la puerta de Loaiza y seguiréis al Visitador y al Alguacil Mayor; los demás irán á situarse, con los criados y la silla, frente á la iglesia de Capuchinas, por donde tiene que pasar Don Juan de Ibarra. Cuando llegue á la esquina, os echáis sobre él y atándole fuertemente por los brazos, le envolvéis la cabeza en el capirote. Se le encierra en la silla de manos, amenazándole con matarle á la primera voz que dé. Rodead con él algunas de las manzanas contiguas, para que no advierta á dónde se le conduce ; yo voy á preparar el sitio donde le encerraremos por esta noche; mientras obtengo de mi padre la orden para lanzarle del reino.

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